Se llamaba Camila Rojas. Era mi mejor amiga. De esas con las que compartes el último café sin llevar la cuenta.
Después de la universidad, la vida nos separó, como siempre pasa. Yo conseguí un trabajo estable como contadora en Guadalajara. Camila aceptó un puesto de ventas en Monterrey. Seguíamos hablándonos de vez en cuando: de las cuentas, de las rupturas, de las comidas quemadas… hasta aquella noche en que recibí su mensaje.
“Mariana, necesito pedirte dinero. Mi papá tiene un problema del corazón. El techo de la casa se vino abajo con el huracán. Por favor. Te lo devuelvo en un año.”
