No lo dudé ni un segundo. Ella era mi familia.
Le transferí 8,000 euros, todos mis ahorros, y pedí prestados otros mil a unos amigos para completar.
Lloró por teléfono. Me prometió devolver cada centavo. Me agradeció mil veces. Me dijo que yo era “la mejor amiga que había tenido en su vida”.
Y luego… desapareció.
Número fuera de servicio. Redes sociales vacías.
Se esfumó, como si nunca hubiera existido.
