La esperé durante meses. Luego años.
La herida de la traición se volvió algo más silencioso: vergüenza. No se lo conté a nadie.
Tres años después, la vida siguió. Iba a casarme con Daniel, un ingeniero en sistemas maravilloso, que creía que mi lealtad silenciosa era mi mayor virtud. La boda sería pequeña y sencilla, en una hacienda cerca de Tequila, Jalisco: sol, bugambilias, música suave y un centenar de personas queridas.
Todo iba perfecto… hasta que un Tesla blanco se detuvo justo frente a la entrada.
Las miradas se giraron.
Del coche bajó una mujer alta, impactante, con un traje elegante, tacones de diseñador y un perfume caro que se quedó flotando en el aire como una firma.
