Subieron la escalera. Los sonidos del caos les salían al encuentro: puertas que se cerraban de golpe, objetos cayendo, un televisor encendido muy alto en alguna parte.
La primera habitación era un pequeño campo de batalla. Emma estaba en el suelo, rodeada de muñecas sin cabeza. Tenía el pelo enmarañado y los ojos hinchados de tanto llorar.
—Destruye todo desde que… —empezó a explicar David, pero se detuvo.
María se agachó sin decir nada. Tomó una muñeca rota, la sostuvo con cuidado entre las manos, le acomodó el vestido y comenzó a acariciarle el cabello de plástico. No intentó pegarle la cabeza, ni regañar a la niña. Solo se quedó ahí, compartiendo el desorden.
Emma la miró con curiosidad. Nadie había reaccionado así antes. Todos intentaban arreglar lo que ella rompía, como si el desorden fuera el enemigo, no el reflejo de lo que sentía.
