En el pasillo, un golpe seco hizo temblar la pared. Los gemelos.
—Déjame ir —dijo María antes de que David terminara de suspirar.
El cuarto de Marcus y Michael parecía una zona de guerra: almohadas destripadas, libros por el suelo, dos niños empujándose con furia casi adulta. Las niñeras anteriores habían entrado siempre igual: gritos, órdenes, amenazas de castigo.
María no dijo nada. Se sentó en el suelo, cruzó las piernas y esperó. Al principio, los gemelos la ignoraron. Pero al ver que no intervenía, que no les gritaba, que solo estaba ahí, la rabia comenzó a perder fuerza. Al final, se detuvieron.
—¿Por qué no nos regañas? —espetó Marcus, todavía con los puños apretados.
