María se arrodilló a su lado.
—No, mi amor. Tu trabajo no es cuidar de todos. Tu trabajo es ser una niña que extraña a su mamá —dijo, tomándole las manos—. De la comida, la ropa y las cuentas nos ocupamos los adultos. Tú no tienes que ser perfecta para que tu papá esté orgulloso.
Sofía se derrumbó en sus brazos. No lloraba solo por su madre, sino por la niñez que había intentado matar para llenar un vacío imposible.
El último desafío estaba tras una puerta cerrada con seguro. Desde dentro salía música demasiado alta. Alexander.
María no golpeó. Se sentó en el pasillo, apoyó la espalda en la pared y esperó. Los minutos pasaron. La canción cambió, luego se detuvo. Al final, la curiosidad de un niño de once años fue más fuerte que su rabia. La puerta se abrió apenas un poco.
—Si has venido a decirme que me porte bien, no pierdas tu tiempo —dijo, con una dureza que dolía.
—No vine a eso —contestó María—. Vine a decirte que sé lo que se siente cuando el mundo se rompe y todos te piden que actúes como si nada.
