David miraba todo desde cierta distancia, como si temiera que un movimiento brusco rompiera el hechizo. Empezó a notar detalles de ella: el modo en que ajustaba su horario de estudios para no perder ni un examen, sus zapatos gastados, cómo contaba monedas antes de pagar en el supermercado, la forma en que se quedaba hasta tarde planeando actividades para el día siguiente.
Una noche la encontró en la cocina, rodeada de libros de psicología y cuadernos llenos de notas, iluminada solo por la luz débil de una lámpara.
—¿Todavía estás estudiando? —preguntó él, apoyándose en el marco de la puerta.
—Mi examen final es en dos semanas —respondió ella, marcando una página—. Si lo apruebo, podré solicitar una maestría en terapia infantil.
—¿Y si no? —preguntó David.
María se encogió de hombros con una sonrisa triste.
—Esperaré otro año. O dos. Estoy acostumbrada a esperar.
Él se sentó frente a ella, apoyando los codos en la mesa.
