—Sara… —dijo, por primera vez sin que la voz se le rompiera—. Siempre decía que algún día le gustaría ayudar a familias como la nuestra. Quería estudiar psicología también.
María lo escuchó en silencio mientras él, poco a poco, iba recordando a su esposa no solo desde el dolor, sino desde el amor. En algún punto de esa conversación, dejaron de ser jefe y empleada para convertirse en dos personas que entendían lo que es perder demasiado y seguir respirando.
Pero la vida siempre pone a prueba las decisiones importantes.
Unos días después, David invitó a almorzar a su hermana Margaret sin avisar a María. Margaret llegó vestida de perfección: perlas, bolso de diseñador, hijos impecables en colegios privados y opiniones contundentes sobre cómo debía vivir todo el mundo.
En cuanto vio a María sirviendo la comida, frunció el ceño.
—¿Podemos hablar en privado? —le dijo a David.
En la oficina, no perdió tiempo.
