—Esta chica… —comenzó— no es adecuada. No tiene formación de nuestro nivel, no viene de nuestro mundo. David, por el amor de Dios, son los hijos de Sara. Necesitan a alguien de su misma clase. Alguien apropiado.
David sintió cómo algo se encendía dentro de él.
—Lo único que mis hijos necesitan —respondió, con los dientes apretados— es a alguien que los ame de verdad. Y eso es precisamente lo que ella hace.
La discusión subió de tono. Margaret habló de “reputación”, de “estabilidad”, de “buenas costumbres”. David habló de Ema comiendo por primera vez sin llorar, de los gemelos sin golpes en los brazos, de Sofía bailando en su habitación, de la manera en que Alexander había empezado a bajar la guardia. Ninguno cedió.
Lo que ninguno de los dos sabía era que Alexander estaba arriba, escuchándolo todo desde lo alto de la escalera. Ni que, en la cocina, María había oído suficientes fragmentos como para reconocer ese viejo desprecio por la gente “de abajo”.
Esa noche, cuando la casa estaba en silencio, Alexander bajó a escondidas. Encontró a María en la cocina, con los libros cerrados frente a ella y los ojos perdidos en la nada.
—¿Te vas a ir? —preguntó sin rodeos.
Ella levantó la vista, sorprendida.
—¿Por qué dices eso?
—Porque siempre pasa —dijo él, encogiéndose de hombros—. Todos se van cuando las cosas se ponen difíciles.
María respiró hondo. La voz de Margaret seguía rondando en su cabeza: “Alguien de su nivel social”. “Alguien apropiado”.
