—Tu tía tiene razón en algo —admitió—. Yo no vengo del mismo mundo que ustedes. No tengo el tipo de referencias que están acostumbrados a ver.
Alexander la miró con una mezcla de rabia y miedo.
—¿Y eso qué? —soltó—. ¿Sabes qué sí importa? Que Emma sonríe cuando comes con ella. Que los gemelos no se han peleado en serio en días. Que Sofía jugó con sus muñecas y no lloró. Que papá ya no parece un zombi todo el tiempo. Eso importa.
Las palabras del niño clavaron un aguijón dulce y doloroso en el corazón de María.
—No quiero que sufran otra vez —susurró ella—. Ya han perdido demasiado.
—Entonces no te vayas —dijo Alexander, con una simpleza devastadora—. No nos dejes como mamá.
Fue ese ruego, dicho por un niño que había aprendido a endurecerse para sobrevivir, el que terminó de decidir algo dentro de María.
Al día siguiente, Margaret regresó con una nueva jugada: una directora de agencia impecable, con una carpeta llena de candidatas europeas con acentos pulidos y recomendaciones de familias adineradas.
—David, cariño —dijo, casi triunfante—. Esto es lo que tus hijos merecen.
Pero cuando las dos mujeres cruzaron el jardín hacia la parte trasera de la casa, se toparon con una escena que no encajaba en ninguna de sus teorías.
