En la sala se hizo un silencio profundo.
Después del discurso, Emilio bajó del escenario y caminó de vuelta a la mesa nueve. Se detuvo junto a Daniela y, sin decir nada, extendió la mano. Ella la tomó.
No como la mujer que una vez fue abandonada.
Sino como una compañera que estaba ahora al lado del hombre que, por fin, había regresado a su familia.
Más tarde, cuando el sol se iba escondiendo detrás de los edificios y las luces de la ciudad teñían de naranja las ventanas, Javier miró a su padre y preguntó:
—Papá, ¿somos ricos?
