La habitación se hizo de repente demasiado pequeña. A Emilio se le encogió el estómago. En aquella época, él había sido descuidado, impulsivo, siempre corriendo hacia el futuro sin pararse a pensar en las consecuencias.
—Cuando supe que estaba embarazada, intenté encontrarte —continuó Daniela—. Escribí a todos los correos que pensé que podían ser tuyos. Pero ya te habías ido a España, y yo no podía permitirme perseguir un fantasma.
A Emilio se le apretó el pecho. Los gemelos —Javier y Lucas— eran sus hijos. Hijos que habían crecido con frío, con miedo y con hambre mientras él vivía en áticos luminosos, viajaba en primera clase y cerraba acuerdos millonarios.
Una ola de culpa le cayó encima con tanta fuerza que casi le cortó la respiración.
