El viento de octubre se colaba entre los cipreses del cementerio Pinewood como si quisiera arrancar de raíz los recuerdos. Jackson Hamilton, con un abrigo caro que no servía de nada contra el frío verdadero —ese que nace en el pecho—, se quedó inmóvil frente a una lápida pequeña de granito. Demasiado pequeña para contener una vida. Demasiado silenciosa para explicar una pérdida.
NOAH THOMAS HAMILTON. AMADO HIJO.
2018 – 5 AÑOS.
Jackson apretó la mandíbula. Había aprendido a negociar contratos de miles de millones sin que le temblara la voz, pero frente a esas letras no existía estrategia, ni plan, ni dinero. Se arrodilló con cuidado, como si un movimiento brusco pudiera despertar a su niño. Colocó un auto de carreras azul junto a las flores, el mismo color que a Noah le encantaba, y se quedó un momento con la mano sobre la piedra fría.
