—No me quería. Cuando mi mamá murió… me dejó en un hospital y no volvió.
Jackson sintió que algo se incendiaba dentro de él, una rabia fría que pedía nombres, culpables, castigos. Pero se obligó a mantener la voz suave.
—Lo siento mucho, Emma.
Ella tragó saliva, y entonces comenzó a contarle sobre Noah: el parque de Willow Avenue, los niños mayores crueles, el conejo que iban a tirar al estanque, y el pequeño Noah apareciendo como un guerrero con rodillas raspadas.
—Se rieron de él —recordó Emma—. Lo empujaron. Pero él se levantó y dijo que su papá era Jackson Hamilton y que si no me devolvían el conejo, tú ibas a hacer que lo lamentaran. Y se asustaron. Lo devolvieron y se fueron.
Jackson sintió orgullo y dolor mezclados, como dos cuchillos girando en el mismo lugar.
