Jackson se sentó a su lado, ignorando la hierba húmeda que manchaba su traje.
—Prometí volver. Y tú prometiste decirme la verdad.
Emma asintió, y Jackson notó lo delgada que estaba, la ropa demasiado lavada, los zapatos demasiado rotos para una niña que aún debería estar creciendo sin preocupaciones.
—¿Quién te cuida? —preguntó él.
—Mi tía… más o menos. No es realmente mi tía. Solo… cuida niños porque nadie quiere que estemos en el sistema.
La frase le dejó un sabor amargo en la boca.
—¿Y tu papá?
Emma bajó la mirada al conejo.
