Esa misma noche, Daniel llamó con otra pieza del rompecabezas: retiros de dinero, cuentas sospechosas, conexiones con Meridian Holdings… y con la organización Ramírez. Lavado de dinero. Gente peligrosa.
Luego, un mensaje desconocido apareció en el teléfono de Jackson:
“Ella no está segura. Ellos saben que fuiste al abogado.
Muelle 19. Medianoche. Ven solo.”
Fue allí donde conoció a Megan Bennett, la hermana de Rebeca, la supuesta “tía” que vigilaba desde las sombras.
—Rebeca me hizo prometer que cuidaría de Emma sin revelar quién soy —dijo Megan con los ojos húmedos—. Jason Palmer era el verdadero peligro. Olivia… era un peón con culpa y miedo. Aquí está todo.
Le entregó una memoria USB. Y antes de que pudieran respirar, el eco de pasos y el sonido de puertas abriéndose les heló la sangre. Hombres armados. Disparos. Huida. Jackson corriendo por callejones como alguien que nunca había sido millonario, solo un padre con una última cosa por perder.
