—Gracias, hermano mayor —susurró—. Gracias por encontrarme.
El viento de octubre se movió entre los árboles, y por un instante Jackson creyó escuchar algo que no era su imaginación: una risa pequeña, libre, como la de un niño que al fin descansa. Y mientras padre e hija caminaban hacia el auto, Jackson entendió que la vida no le devolvía a Noah… pero le estaba dando algo que su hijo había deseado con todo el corazón: que Emma no estuviera sola. Que la familia, rota y cicatrizada, volviera a ser familia. Y por primera vez en dos años, ese pensamiento no lo destruyó. Lo sostuvo.
