La niña señaló sin hablar. Jackson siguió la dirección del dedo… y sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
Señalaba la tumba de Noah.
—Vengo todos los días —dijo ella, con una seriedad que no pertenecía a una niña—. Vengo a hablar con Noah. Era mi mejor amigo.
Jackson tragó saliva. La palabra “mejor amigo” le chocó como una puerta cerrándose. Noah tenía cinco años cuando murió. ¿Cómo podía haber tenido una mejor amiga que él nunca conoció?
—¿Cómo lo conociste? —preguntó, y en su propia voz se escuchó una urgencia que no pudo disimular.
La niña lo miró, midiendo si era seguro responder.
—¿Tú eres… el papá de Noah?
Jackson asintió.
