La niña levantó la mirada de golpe, asustada. Tenía los ojos azules, de un azul tan limpio que a Jackson se le cortó la respiración. No por el color en sí, sino por esa punzada de reconocimiento inexplicable, como si la memoria quisiera gritarle algo que su mente todavía no entendía.
—Lo siento… —murmuró ella—. No quería molestar a nadie.
—No me molestas —respondió él, agachándose a su altura—. ¿Dónde están tus padres?
La niña apretó el conejo con más fuerza. Sus labios temblaron antes de soltar la frase como quien arroja una piedra al agua y espera el golpe.
—Ya no tengo.
El pecho de Jackson se cerró. Miró a su alrededor, buscando una sombra adulta, una presencia que justificara aquello. Nada. Solo tumbas, hojas secas y el sonido del viento.
—¿A quién vienes a visitar? —preguntó.
