Jackson se quedó quieto, como si el mundo hubiera cambiado de eje. Cuando volvió la vista hacia la tumba de Noah, algo en el pasto llamó su atención: una fotografía medio enterrada. La recogió con manos temblorosas.
Era Noah sonriendo, con esa sonrisa de dientes separados que lo perseguía en sueños. A su lado estaba Emma, tomada de su mano. Detrás, una mujer de cabello oscuro, borrosa, como si no quisiera quedar registrada.
Jackson volteó la foto. En el reverso, con letra infantil, cuatro palabras lo atravesaron como un disparo:
“Papi, esta es mi hermana”.
Esa noche no durmió. Extendió la foto sobre su escritorio de caoba, bajo la lámpara, y repitió en silencio la palabra que no tenía derecho a existir: hermana. Olivia, su exesposa, había sido un incendio hermoso y tóxico. Se divorciaron cuando Noah tenía dos años. Luego ella se mudó, se volvió a casar, se fue de su vida… y murió seis meses después del accidente de Noah, o eso creía él.
