A las tres de la madrugada marcó el número de Daniel Reyes, el investigador privado más discreto de Phoenix.
—Daniel, necesito que encuentres a alguien —dijo Jackson sin preámbulos—. Una niña: Emma. Cabello rubio, ojos azules. Ha estado visitando la tumba de mi hijo todos los días. Necesito saber quién es, dónde vive, quién la cuida… todo.
Hubo un silencio al otro lado.
—Empiezo ahora —respondió Daniel, y esa fue la única misericordia que Jackson recibió esa noche.
Al día siguiente, el tiempo avanzó como una condena. Jackson se sentó en reuniones sin oír, firmó papeles sin leer, sonrió por reflejo. A la una, se fue sin explicación y condujo al cementerio. Emma ya estaba allí, sentada con las piernas cruzadas frente a la lápida de Noah, hablándole como si él fuera a responder.
—Volviste —dijo ella, y en su voz hubo alivio puro—. Tenía miedo de que no lo hicieras.
