El teléfono de Mateo Raichi casi nunca vibraba a esa hora por algo que no fuera negocio: un informe de mercancía, un aviso de “territorio caliente”, una amenaza disfrazada de respeto. A las 11:42 de la noche, en cambio, vibró como si el aparato tuviera miedo de interrumpirlo.
Mateo estaba solo en su despacho, un rectángulo silencioso en el piso alto de un edificio donde todo olía a cuero caro y a decisiones que no se deshacen. En la ventana, Boston parecía una maqueta: faros moviéndose como luciérnagas, lluvia fina pegándose al vidrio, y esa calma extraña que tienen las ciudades cuando la gente decente duerme y los monstruos trabajan.
En la pantalla apareció un número desconocido. Y un mensaje demasiado corto para ser una trampa bien pensada:
“Está pegando a mi mamá. Por favor, ayúdame.”
Mateo frunció el ceño. Primero por costumbre, porque su mente siempre buscaba el ángulo oculto. Un niño escribiendo a un número equivocado… podía ser un anzuelo, un intento desesperado de sacar una dirección, una artimaña de algún enemigo que no se atrevía a venir de frente.
