Mateo lo empujó contra la encimera sin necesidad de levantar la voz.
—Tienes treinta segundos para explicarte.
El hombre soltó una historia de excusas: que Sarah estaba “destrozada” desde que murió su esposo, que Emma era “problemática”, que él solo intentaba “ayudar”, que esa noche “se les fue de las manos”, que tenía órdenes de arresto, que si la policía llegaba volvería a la cárcel.
Mateo lo escuchó como se escucha un informe de un subordinado: sin interrumpir, tomando nota de cada detalle. Y cuanto más hablaba el hombre, más claro quedaba el patrón: no era un accidente. Era un depredador escalando.
Desde la sala se oía la voz de Emma, hablándole a su madre inconsciente con una ternura que partía el alma: prometiéndole helado, pidiéndole que despertara, contándole que “un hombre bueno” había llegado.
Mateo cerró los ojos un segundo. En su mente, Isabela en una cama de hospital. Isabela pidiéndole una promesa. Isabela muriéndose mientras él juraba ayudar a niños con miedo.
