Abrió los ojos.
—Esto es lo que va a pasar —dijo Mateo, y su tono cambió. Ya no era amenaza impulsiva. Era sentencia—. Te vas por la puerta trasera. Desapareces de esta ciudad. No vuelves a acercarte a Sarah. No vuelves a acercarte a Emma. Ni hoy ni nunca.
El hombre tragó saliva. Por primera vez pareció sentir alivio.
Hasta que Mateo se inclinó y bajó la voz al nivel más peligroso de todos: el nivel tranquilo.
—Pero si algún día me entero de que le pones una mano encima a otra mujer o a otro niño… si tu nombre aparece de nuevo en cualquier informe… te encontraré. Y lo que te haré hará que esta noche parezca un favor.
El hombre asintió con desesperación.
