Las luces de un auto iluminaron la ventana. La doctora Elizabeth Chen entró con discreción y un maletín. Revisó a Sarah, dio instrucciones, estabilizó, y en pocos minutos la casa dejó de ser solo caos y se convirtió en un lugar donde la esperanza podía respirar.
Esa noche, cuando todo comenzó a calmarse, Mateo salió al porche y llamó a su segundo al mando.
—Vincent —dijo—. Quiero que organices un fondo anónimo. Matrícula, manutención, lo que haga falta para una niña. Y… despeja mi agenda.
—¿Jefe? ¿Qué está pasando?
Mateo miró hacia la sala, donde Emma no se separaba de su madre y, aun así, se veía más ligera porque ya no estaba sola.
