Mateo sintió que la pregunta le abría una puerta hacia una verdad que había evitado décadas. Buscó palabras simples, porque los niños merecen verdades que no se enreden.
—Porque alguien muy importante me hizo prometer una vez que ayudaría a los niños cuando tuvieran miedo.
—¿Quién?
—Mi hermana. Se llamaba Isabela.
Emma lo pensó con solemnidad, como si estuviera decidiendo dónde guardar ese nombre para siempre.
—Debió ser muy buena.
—Lo era —dijo Mateo, y su voz se quebró apenas—. La mejor.
Emma extendió su mano pequeña y le apretó la de él. El contacto fue una explosión silenciosa. En un solo gesto, el hombre que había vivido entre amenazas y sombras recordó lo que se siente ser humano.
—Me alegro de que cumpliste tu promesa —dijo Emma, como si fuera lo más natural del mundo.
