Niña Envió “Golpean A Mamá” Al Número Equivocado — Jefe: “Voy Para Allá”

El teléfono vibró otra vez.

“Ya no encuentro a mamá. Hay mucha sangre.”

Mateo apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Pisar el acelerador fue un acto instintivo, como si pudiera empujar el tiempo con el pie. La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia, y las farolas se estiraban en líneas doradas, como si el mundo se volviera borroso por la velocidad y por algo peor: miedo genuino.

“¿Por qué me importa?”, quiso preguntarse. “¿Desde cuándo me importa?”

Esa pregunta lo golpeó con la misma fuerza que el recuerdo que se negó a sostener durante años.

Veinticinco años atrás, Mateo Raichi se llamaba Michael Rodríguez. Y antes de tener enemigos, tenía una hermana.

Isabela tenía ocho años y rizos oscuros que rebotaban cuando se reía. Se metía bajo la manta y le pedía cuentos de caballeros y princesas como si el mundo fuera seguro porque él estaba ahí. Michael le preparaba la cena, la ayudaba con los deberes, y cuando la madre llegaba tarde de la fábrica, agotada y con olor a tela y a metal, Isabela ya dormía, abrazada a un peluche gastado, confiando en que su hermano arreglaba todo.