Lo escribió antes de preguntarle el nombre, antes de pedir la dirección, antes de recordar quién era él y qué significaba moverse por la ciudad sin escolta, a esa hora, por un mensaje de un número desconocido.
Se levantó de golpe. El sillón de cuero crujió como si protestara. Se puso el abrigo oscuro, agarró las llaves y cruzó el pasillo. Dos hombres de su seguridad lo vieron pasar y se tensaron.
—Jefe, ¿a dónde va?
Mateo no respondió. No porque no quisiera, sino porque temía que si abría la boca, saldría otra cosa que no fuera su voz de jefe. Temía que saliera la voz de alguien que había enterrado hace mucho tiempo.
En el ascensor, el reflejo en el espejo le devolvió a un hombre impecable: traje, reloj caro, ojos fríos. Pero detrás de esa frialdad, un destello inexplicable: la urgencia de alguien que, por una vez, no podía controlar nada con dinero ni intimidación.
Mientras el sedán blindado se deslizaba por calles vacías, el GPS marcó una ruta hacia un barrio tranquilo donde los árboles formaban túneles oscuros y las casas tenían porches con columpios. Quedaban doce minutos. Doce minutos para un niño que quizá no tenía ni doce segundos.
