El GPS anunció cinco minutos. Entonces llegó un mensaje que lo atravesó como una aguja:
“Creo que me voy a dormir. Estoy muy cansada.”
Mateo tragó saliva. Reconocía ese tono. No era sueño. Era rendición. Era el cuerpo de un niño apagándose bajo el peso del terror.
Sin mirar a los lados, tomó el teléfono y escribió con una mano mientras la otra mantenía el volante firme:
“No te duermas. Háblame. ¿Cómo te llamas?”
La respuesta tardó unos segundos, como si cada letra costara.
“Emma.”
“Emma, yo soy Matt. Ya casi llego. Quédate conmigo. Puedes hacerlo. Háblame de tu mamá.”
