Minutos después, el hombre revisaba las válvulas con las manos temblorosas.
—Señor… esto no es una fuga normal. Las conexiones fueron aflojadas a propósito. Si alguien hubiera encendido una chispa… —calló, trago duro—. Habría sido un desastre.
La frase le golpeó con fuerza. Y entonces, como si viniera desde muy lejos, escuchó otra vez la voz del chico: “No entre a la casa, señor…”
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Julián no pudo dormir. Y no sabía que aquella decisión de no creer del todo y, aun así, revisar… no solo le había salvado la vida. Estaba a punto de derrumbarlo todo: su relación, su apellido, y la historia que creía conocer de su propia familia.
A la mañana siguiente, encontró a Mateo durmiendo bajo un toldo, abrazado a un perro callejero. El niño se sobresaltó al sentir una mano en el hombro.
—No tengo nada, señor, no me bastante lo poco que tengo —balbuceó.
—Tranquilo —dijo Julián—. Anoche dijiste la verdad. El gas había sido manipulado. Quiero que me cuentes lo que viste.
Mateo lo miró desconfiado.
—Si hablo, a lo mejor se enoja conmigo…
—Primero vamos a comer. Luego decide —respondió el millonario.
El hambre ganó. Minutos después, el niño estaba sentado en una cocina que parecía de película, devorando pan tostado y huevos como si no hubiera un mañana. Julián, sentado frente a él, lo observaba con una mezcla extraña de curiosidad y ternura, una sensación de que creía perdida desde que había muerto su hijo en un incendio años atrás.
— ¿Cómo sabías quién era yo? —preguntó.
—Usted está en todos los carteles del centro —contestó Mateo, sin dejar de masticar—. Los que no tenemos nada miramos más.
