Esa frase le quedó clavada. Los que no tienen nada miran más.
Cuando Verónica, su prometida, entró en la mansión y se topó con el niño, frunció los labios detrás de su sonrisa perfecta.
—Y este? —preguntó con un tono azucarado.
—Me ayudó anoche —respondió Julián, sin apartar la mirada.
—Siempre te gustaron los gestos de caridad —replicó ella, clavando los ojos en Mateo como si fuera un intruso.
La tensión quedó flotando en cada rincón.
Con el paso de los días, el niño quedó en una pequeña habitación junto a la lavandería. Un techo, una cama limpia, agua caliente: para Julián era algo mínimo; Para Mateo, paraíso. Por las noches, el chico se sentaba en el despacho mientras el empresario trabajaba. Miraba los cuadros, los libros, la foto de un niño que ya no estaba.
—¿Es su hijo? —preguntó una vez.
—Era —corrigió Julián, con la voz trabada.
A veces, Mateo se revolvía entre pesadillas, murmurando cosas sobre gas, fuego, casas que respiran humo. Decía que soñaba cosas que luego pasaban, o que ya habían pasado pero de otra forma. Julián no sabía si creerle, pero esas palabras empezaban a resonar con algo que él llevaba enterrado: la noche del incendio donde perdió a su hijo, achacado a un “corto circuito” que nunca terminó de entender.
Mientras tanto, el ambiente con Verónica se enrarecía. Cada vez que veía al niño, su sonrisa se hacía más dura. Julián la observaba de reojo. Recordaba detalles que antes ignoraba: llamadas que cortaba al verlo, cambios de personal sin explicaciones, insistencia en controlar el mantenimiento de la casa.
