—¿Y el sistema de alarma? —preguntó otro.
—Desactivado. La señora pagó bien. Cuando él llegue, encienda las luces y todo vuele por los aires, parecerá un accidente. Nosotros estaremos lejos.
La palabra “accidente” le golpeó la cabeza. El viento arrastró hasta allí un olor dulce, pesado, distinto a la gasolina de los coches. Gas. Mateo no sabía de válvulas ni de sistemas, pero conocía el peligro. Había visto suficiente en la calle. Había perdido a demasiada gente por cosas que “nadie vio a tiempo”.
Podía quedarse callado y seguir con su vida en la acera, fingir que no escuchó nada. O podía hacer algo.
