“NO ENTRES A LA CASA, TU NOVIA TE TENDIÓ UNA TRAMPA” — GRITÓ EL NIÑO POBRE AL MILLONARIO…

—Menos mal que a veces me creen —dijo en voz baja.

Y siguieron andando, sin mansiones, sin escoltas, sin titulares. Solo un hombre que había decidido decir la verdad, y un niño que un día se atrevió a gritar en medio de la tormenta.

Porque, al final, no se trataba de dinero ni de apellidos. Se trataba de eso que ahora tenían entre los dos: una casa pequeña, un perro que dormía en el sofá, una mesa donde siempre había un plato para alguien más, y una certeza simple y poderosa.

Por fin, estaban en un lugar donde nadie tenía que avisar: “No entres, es una trampa”.

Por fin, estaban en casa.