“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

Tomás miró el horizonte, como si el nombre tuviera forma.

—Uno que cree que todo lo que no es suyo puede serlo con un papel o con miedo.

Alma tragó saliva.

—Mamá… le debía dinero. Compró medicinas y comida cuando se enfermó el invierno pasado. Él quería… algo más.

A Tomás se le endureció la mandíbula.

—Mientras yo respire, nadie las tocará.

Los días siguientes, la casa cambió de ritmo. Tres pares de manos pequeñas aprendieron a recoger huevos, a dar de comer a las gallinas, a calentar agua. Ru se reía persiguiendo un gallo testarudo. Alma trataba de sostener la dignidad de quien hace de madre a los catorce. Lía observaba cada gesto de Tomás, como si quisiera descifrarlo.

Y entonces, el pasado se abrió como una herida vieja: Lía, curiosa, subió al altillo y encontró un baúl con iniciales grabadas: C. H. Clara Herrera. Dentro, un cuaderno: los diarios de Clara.

—¿Puedo leer esto? —preguntó Lía desde arriba.

Tomás subió de dos en dos. Quiso arrebatarlo, pero algo en la mirada de la niña lo detuvo. Abrió una página al azar y leyó: