“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Sebastián no insistió. Solo preguntó:

“Decime una cosa… si pudieras cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué sería?”

Mateo miró a Lucía, buscando permiso. Ella no entendía nada, pero en los ojos del hombre no había burla, ni lástima sucia, ni esa curiosidad que duele. Había algo más simple: humanidad.

“Podés contestar, amor”, susurró.

“Milanesas… con puré”, dijo Mateo casi sin voz.

Sebastián asintió como si acabara de recibir el pedido más importante del mundo.

“Perfecto. Esa también es mi cena favorita. Vení, me ayudás.”