“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Lo llevó a la sección de frutas y verduras. Brillaban las manzanas rojas, las naranjas perfectas, los tomates como si fueran joyas. Allí, rodeada de abundancia ajena, se arrodilló frente a él y le tomó las manitos.

“Mateo… mami tiene que decirte algo muy difícil.”

“¿Qué pasa, mami? ¿Por qué llorás?”

Lucía ni se había dado cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas salían solas, como si el cuerpo supiera antes que ella que ya no podía.

“Hijo… perdóname. Este año… no hay cena.”

Mateo frunció el ceño, confundido.