“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

“¿No vamos a comer?”

“No tenemos dinero, mi amor. No tenemos casa. Estamos durmiendo en el auto… y mami perdió el trabajo.”

Mateo miró alrededor, a la comida que los rodeaba, como si el mundo lo estuviera engañando.

“Pero… hay comida acá.”

“Sí, pero no es nuestra.”

Y entonces Mateo lloró. No con gritos, sino con ese llanto silencioso que quema más que cualquier berrinche. Se le estremecían los hombros chiquitos. Lucía lo abrazó con desesperación, como si pudiera apretar fuerte y fabricar un milagro entre sus brazos.

“Perdóname… perdóname por no poder darte más.”