“Disculpe, señora.”
Lucía levantó la vista. Un guardia de seguridad los miraba, incómodo, como si la pobreza fuera un derrame que manchaba el piso.
“Si no van a comprar nada, necesito que se retiren. Están molestando a los otros clientes.”
Lucía se limpió la cara rápido, avergonzada.
“Ya nos vamos…”
“Ahora, señora, por favor… ya le dije que están conmigo.”
La voz vino de atrás, firme, tranquila.
