Lucía se giró y vio a un hombre alto, traje oscuro, canas en las sienes. Tenía un carrito vacío y una presencia que no pedía permiso. Miró al guardia sin levantar la voz, pero con una autoridad que lo hizo retroceder.
“Son mi familia. Vine a buscarlos para hacer las compras juntos.”
El guardia dudó, miró la ropa gastada de Lucía, miró al niño con cara de hambre, miró al hombre impecable… y al final se tragó la duda.
“Está bien, señor. Disculpe.”
Cuando se fue, Lucía se quedó inmóvil, sin saber si agradecer o huir.
“No sé quién es usted”, dijo, incorporándose, “y no necesitamos—”
