—Doctora, ¿puedo preguntarle algo? —dijo—. Cuando usted tenía nueve años, ¿qué quería ser?
—Veterinaria —sonrió la mujer—. Me encantaban los animales.
—¿Y sus padres la apoyaban?
—Sí, claro. Me compraban libros, me llevaban al zoológico…
—Entonces cuando los adultos apoyan la pasión de un niño por los animales, se llama “buenos padres” —resumió Harper—. Pero cuando apoyan la pasión de una niña por las máquinas y los problemas, se llama “explotación”.
La frase se quedó flotando en el aire. Era tan simple… y tan contundente.
—La diferencia —intentó matizar la doctora— es que, en tu caso, hay cámaras, hay medios, hay dinero…
—El señor Wid nunca me ha dicho que tengo que ganar un premio, ni que debo ser la mejor —la interrumpió Harper—. Él pone recursos. El que se exige soy yo, porque me encanta aprender y ayudar a otros a aprender. Yo también juego, también veo películas con mi abuela, también me emociono por un helado. ¿Por qué eso y las matemáticas tienen que ser cosas opuestas?
