—Si quieren saber qué hacemos, que vengan y lo vean —dijo—. Que hablen con los niños, con los padres. Que vean si aquí hay esclavos o hay chicos felices.
Y así, un sábado cualquiera, las cámaras y periodistas entraron a ese lugar que solo conocían por rumores. Patricia Chen llegó la primera, aún con escepticismo.
—Yo soy Harper —le dijo la niña, tendiéndole la mano—. Leí su artículo. ¿Quiere ver mi día de verdad?
La siguió por talleres, aulas, pasillos. Vio a David, de siete años, entendiendo el concepto de palanca con un columpio. A Elena, que había sido etiquetada con “dificultades de aprendizaje”, emocionarse con un experimento de química. A Carlos, un chico de dieciséis años que venía del sistema de acogida, hablar de cómo por primera vez alguien había visto potencial en él.
