Tres meses después de su discurso en la ONU, una nueva crítica estalló, esta vez a nivel global. Una reconocida defensora de derechos infantiles, la doctora Victoria Hensworth, acusó a la red de crear una “élite paralela” que desestabilizaba los sistemas educativos nacionales. Todo se agravó cuando Marcus, el mismo niño que un día no sabía ni mirarse al espejo sin vergüenza y que ahora era un joven inventor, tuvo un ataque de pánico en plena competición científica televisada. Las cámaras lo grabaron llorando, saliendo del escenario.
Los titulares fueron despiadados: “Demasiada presión para mentes jóvenes”, “El precio de ser niño prodigio”.
—Tal como advertimos —dijo Hensworth en rueda de prensa—, estos niños están siendo llevados al límite por los sueños de los adultos.
Harper no pudo evitar llorar cuando vio el video de Marcus encogido en un camerino. No lloró por el escándalo. Lloró por él. Por su amigo.
