—Tenemos que ir a verlo —le dijo a Wid y a su abuela—. Antes que defender ideas, tenemos que cuidar a las personas.
Contra el consejo de abogados y asesores de imagen, tomó el metro hacia Brooklyn y llamó a la puerta del pequeño apartamento donde vivía Marcus con su familia de acogida. Él estaba en su habitación, rodeado de proyectos de ingeniería que, por primera vez en mucho tiempo, no le producían orgullo sino vergüenza.
—Te fallé —murmuró cuando la vio—. Los fallé a todos. Tal vez tenían razón, tal vez no somos más que niños jugando a ser algo más.
Harper se sentó en su cama.
