Justin intentó impugnar el testamento, pero Teodoro lo había planeado todo. Las pruebas de sus gastos excesivos y su falta de ética estaban en mi poder. El abogado Anderson me entrenó durante semanas. Pasé de servir chilaquiles a estudiar estados financieros. No lo hacía por el dinero, lo hacía por Don Teodoro, por el hombre que vio en mí a un padre luchador y no a un simple mesero.
Llegó el día de la junta de accionistas. Justin estaba ahí, rodeado de tiburones, listo para tomar el control total de la empresa. Me vio entrar con mi traje nuevo, pero con la misma mirada de determinación que tenía cuando el café se llenaba a las ocho de la mañana. Se burló de mí frente a todos: “¿Vienes a tomarnos el pedido, Samuel?”. La risa fue general, pero se detuvo cuando me puse frente al micrófono y hablé con la voz de alguien que no tiene nada que perder.
“No vengo a servir café, Justin. Vengo a entregar un mensaje de tu abuelo”. Saqué los documentos. No solo hablé de finanzas; hablé de humanidad. Les conté cómo el hombre que construyó esa empresa pasó sus últimos meses en una mesa de plástico porque su propia familia no tenía tiempo para él. Mostré las pruebas de los desfalcos de Justin. El silencio en esa sala de juntas fue el más ruidoso que he escuchado en mi vida. Los accionistas, hombres que solo veían números, se conmovieron con la historia del viejo y el pan tostado. Justin fue expulsado de la junta ese mismo día.
