“TRADUCE ESTO y te hago DIRECTORA”, se burló el millonario, pero la empleada no lo dejó terminar

 

Don Esteban frunció el seño. “Dame eso”, pidió extendiendo la mano. Ella obedeció. Él leyó palideciendo lentamente como si cada palabra le mordiera el orgullo. “Dios mío”  murmuró el joven de corbata roja. “Ibamos a firmar eso mañana.” Marisol dio un paso atrás. La respiración le temblaba en el pecho, pero no dejó que nadie lo notara.

 

“Usted pidió que siguiera el ritmo”, dijo. “Solo estoy haciendo lo que me pidió.”  Los ejecutivos intercambiaron miradas, algunos admirados, otros confundidos. Había algo poderoso en ver a una mujer a la que solían ignorar, resolviendo en 5 minutos un problema que les había costado semanas.

 

Don Esteban intentó sonreír, pero la mandíbula rígida le delató. Muy bien, Marisol.  Ya vimos que sabes leer. Ahora veremos si sabes obedecer instrucciones. Se inclinó hacia ella. Quédate, no te muevas. Aún no hemos terminado contigo.  Pero los ojos de Marisol ya no tenían miedo.