Un silencio seco cayó sobre la mesa. Esta vez no era tensión, era vergüenza. El joven de la corbata roja se frotó la nuca nervioso. Ella tiene razón, murmuró. Esto debió haberse revisado. La incomodidad comenzó a volverse evidente. Algunos buscaban sus tablets, otros evitaban la mirada de don Esteban.
Pilar, por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que decir. Don Esteban se levantó, caminó lentamente alrededor de la mesa, manos cruzadas detrás de la espalda. Cada paso hacía más profundo el silencio. Así que, dijo finalmente, deteniéndose detrás de Marisol. Según tú, todos aquí están equivocados y tú, una empleada de limpieza, sabes más que ellos. Ella no respondió.
No había forma correcta de hacerlo. Don Esteban bajó un poco la voz. Dime, Marisol, ¿de dónde salió todo eso que sabes? No había burla esta vez. Había una duda oscura, casi personal. Marisol lo miró directamente de no tener nada, señor. Cuando no tienes nada, aprendes y no paras.
