No sabía si era emoción o miedo, pero levantó el rostro firme. Sí, señor, respondió. Lo haré. Don Esteban sonrió con arrogancia. como quien cree que tiene todo bajo control. Pero lo que él no sabía era que al darle esa tarea había abierto sin querer la puerta más peligrosa, una puerta donde Marisol podía demostrar que no solo hablaba nueve idiomas, sino que también sabía ver lo que nadie más quería mirar.
La sala de juntas comenzó a vaciarse lentamente, como si cada ejecutivo necesitara escapar antes de que don Esteban descargara su frustración sobre ellos. Pilar fue la última en levantarse, pasó junto a Marisol y por primera vez desde que comenzó todo, le ofreció una mirada que no llevaba ni burla ni miedo.
“Si necesitas algo”, murmuró sin saber cómo terminar la frase. “Estoy afuera.” Marisol solo asintió. Sabía que esa frase era un puente frágil, casi un reconocimiento silencioso. Cuando la puerta se cerró, quedó sola con don Esteban. Él caminó hacia la ventana panorámica, observando la ciudad de Guadalajara, extendiéndose bajo un cielo grisáceo.
