“TRADUCE ESTO y te hago DIRECTORA”, se burló el millonario, pero la empleada no lo dejó terminar

 

importa quién te ve. Un silencio breve los envolvió. Bueno, dijo él  finalmente, quería pedirte disculpas por lo que pasó en la mañana. Yo también me reí. No debí. Marisol no buscaba venganza, solo respeto. Asintió. Gracias. Él se levantó para irse, pero antes de dar el último paso, regresó sobre sus propios movimientos.

 

 

 

“Oye!”, dijo con un brillo de complicidad. Si necesitas algo para poner nervioso al jefe, dímelo. Yo te paso café cada 10 minutos. Ella soltó una risa suave, sincera.  Gracias, de verdad. Cuando él se fue, Marisol se quedó sola otra vez, pero no aislada.  Algo había cambiado.

 

Ya no era invisible en aquel espacio de vidrio y acero. Abrió una nueva página del documento y continuó traduciendo con una precisión quirúrgica.  El reloj avanzaba rápido, pero ella también. Y aunque no lo decía en voz alta,  una idea empezaba a crecer en su pecho. Si lograba terminar esto antes de las 6, ya no podrían ignorarla nunca más.