No era una simple frase confusa, era una cláusula que si se firmaba tal y como estaba, permitiría que la empresa belga se retirara del proyecto sin pagar penalización. Un agujero legal gigantesco, letal. El corazón de Marisol se aceleró. tenía que contarlo, tenía que entregarlo, pero eso significaría enfrentar de frente a don Esteban.
Otra vez apretó el sobre rojo entre sus manos. Aún faltaba lo más difícil y él no estaba dispuesto a dejarla ganar. Marisol llegó a la puerta de la oficina principal con el documento final en las manos. No había tocado el timbre aún. Necesitaba un segundo para asegurarse de que su voz no temblaría.
Dentro se escuchaban murmullos tensos, el sonido de un teléfono colgando y pasos apurados. Golpeó suavemente. “Pase”, respondió don Esteban seco. Cuando entró, los ojos de varios ejecutivos se clavaron en ella. Habían vuelto para la revisión final. Todos sabían que ese momento decidiría algo más grande que un simple documento.
