“TRADUCE ESTO y te hago DIRECTORA”, se burló el millonario, pero la empleada no lo dejó terminar

 

Don Esteban se recompuso en su  silla de piel,  apretando los labios. La sonrisa burlona había desaparecido.  Se inclinó hacia adelante, como si quisiera recuperar el control por la fuerza. “Está bien,  ya no era para tanto”, dijo tratando de sonar gracioso. “Era solo una broma, ¿no ven?” lanzó una carcajada forzada hacia el resto de los ejecutivos buscando complicidad  pero el ambiente había cambiado.

 

Ya no eran risas de diversión, sino miradas incómodas, algunos carraspeos, un murmullo que no terminaba de formarse.  Una mujer de traje beige pilar cruzó los brazos molesta. “Con todo respeto, señor”,  intervino. Esto fue en plena reunión de estrategia. No sé si era el mejor momento para  juegos.

 

La palabra quedó flotando. Juegos. La empleada de limpieza, de pie frente a todos,  con un documento legal recién traducido, sin titubear, no parecía precisamente parte de un show. Marisol apretó los dedos contra el delantal,  sintiendo cómo le temblaban un poco. No era miedo, era algo más complejo, una mezcla de rabia antigua,  humillaciones acumuladas y el recuerdo de su madre diciéndole que nunca dejara que pisotearan su dignidad.